My Lullaby

Un cuento del tren para dormir

Un cuento del tren para dormir, con un ritmo suave y balanceado para los peques que aman los trenes: el viaje lento y traqueteante del Tren Dormilón, que lleva a sus viajeros somnolientos a casa a través de la noche.

Cuando queráis más, My Lullaby escribe cada noche una aventura nueva con vuestro propio peque a bordo.

El Tren Dormilón

Cuando el cielo se pone oscuro y salen las estrellas, un trenecito verde arranca por el campo tranquilo. Se llama el Tren Dormilón, y tiene un solo trabajo: llevar con cariño a los viajeros cansados a casa, a la camita.

Chu-chú… chu-chú… El trenecito sale de la estación, despacito y sin prisa, con sus ventanas amarillas brillando calentitas en la oscuridad.

En la primera parada —Apeadero del Prado— sube una familia de conejos, bostezando muy grande, con las orejas caídas. El trenecito espera con paciencia hasta que hasta el último se acomoda en un asiento blandito. Y entonces, chu-chú… chu-chú… vuelve a arrancar, un poquito más despacio que antes.

En la siguiente parada —Ribera del Río— sube una familia de patos con sueño, con las plumas revueltas y los ojos medio cerrados. Esconden la cabeza bajo el ala antes incluso de que el tren se ponga en marcha. Chu… chú… allá va otra vez, todavía más despacio.

En Roble Hueco, una ardilla soñolienta se hace un ovillo en el rincón de un vagón. En Campo de Niebla, un corderito de lana se acomoda con un «beee» suave y adormilado. Y con cada viajero nuevo, el trenecito va más despacio, y más despacio, y más despacio… porque cuanto más se acerca al final del trayecto, más sueño tienen todos.

Chu……… chú……… Las ruedas giran ahora lentas y pesadas. La máquina canturrea una canción grave, calentita y ronroneante. Fuera, los campos oscuros van pasando con suavidad, y las estrellas vigilan desde el cielo.

Uno a uno, los viajeros se van quedando dormidos, mecidos por el balanceo suave del tren: los conejos, los patos, la ardilla, el corderito… todos roncando bajito.

Por fin, el Tren Dormilón llega a la última parada, la estación más tranquila de todas, donde el andén es blandito y las lámparas alumbran flojito. Pero no hace falta despertar a nadie. Ya están todos profundamente dormidos, justo donde tienen que estar.

Y el trenecito verde, con su trabajo ya terminado, suelta un último y largo suspiro de vapor, contento —chu…—, y deja descansar sus ruedas hasta mañana por la noche.

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