Tomás, el ratoncito y el nido más acogedor
En un agujerito al pie de un viejo muro de piedra, al borde de un campo ancho, muy ancho, vivía un ratoncito que se llamaba Tomás. Y Tomás era muy, muy pequeñito.
Cuando la noche cayó sobre el campo, Tomás se asomó por su agujerito y miró el mundo enorme de fuera. El cielo era inmenso. El campo se extendía sin fin. El viento movía la hierba alta de un lado a otro, y un búho ululaba en algún lugar muy lejano.
«El mundo es tan grande —dijo Tomás, y sus bigotitos temblaron un poquito—. Y yo soy tan pequeño.»
Pero entonces Tomás se apartó de la enorme noche y bajó a su propia casita, y ocurrió algo maravilloso. Porque allí abajo, en la oscuridad acogedora, Tomás había construido el nido más blandito y confortable del mundo entero.
Lo había reunido él mismo, trocito a trocito: un pedazo de lana suave, una plumita mullida, un poco de hierba seca y dulce, un copito de vilano de diente de león. Se acurrucó en el mismo centro de todo aquello, subió los bordecitos blandos a su alrededor y… ¡ay! Estaba calentito. Estaba mullido. Le venía a medida, todo alrededor, cerquita, seguro y acogedor.
«El mundo es grande —dijo Tomás, acurrucándose más hondo—, pero mi nido es pequeño, y lo pequeño es perfecto para un ratón. La noche enorme entera está ahí fuera… y aquí dentro todo es calentito, y blandito, y seguro, y mío.»
Ser pequeño, pensó Tomás con sueño, no daba nada de miedo. Ser pequeño significaba que cabía en la camita más acogedora, más escondidita y más maravillosa del mundo entero; una camita demasiado apretadita para que nada grande cupiera jamás dentro.
Fuera, el gran campo susurraba y el búho lejano ululaba. Pero en lo hondo de su nido diminuto, calentito hasta la puntita de la cola, el pequeño Tomás se hizo una bolita gris y suave, dio un suspirito feliz y se dejó llevar hacia el sueño.