My Lullaby

Un cuento de la mariquita para dormir para niños

Un cuento suave y adormecedor en un jardín al anochecer: una mariquita pliega sus alitas sobre una hoja y cuenta sus puntitos mientras todo el jardín se queda dormido.

My Lullaby escribe un cuento nuevo cada noche, con tu propio hijo o hija como protagonista.

Pinta, la mariquita y el jardín dormilón

En un jardín luminoso y ajetreado, lleno de flores, hojas y tallos largos y verdes, vivía una mariquita chiquitita que se llamaba Pinta: redonda y roja, con seis puntitos tan negros como la noche.

Todo el día, Pinta volaba. Volaba de las rosas a las margaritas, de las margaritas a la hierba alta y verde. Trepaba hasta la mismísima punta de una hoja solo para sentir el sol, y luego abría sus alitas rojas y volaba de nuevo, por todo el jardín luminoso y ajetreado.

Pero cuando llegó la tarde y el sol bajó, dorado, el jardín empezó a tener sueño. Y Pinta también empezó a tenerlo.

Uno a uno, a su alrededor, el jardín se iba arropando para pasar la noche. Las margaritas cerraron con suavidad sus pétalos blancos, plegándose apretaditas como camitas. Las abejas volaron a casa, a su colmena cálida y zumbadora. Los pájaros escondieron la cabeza bajo el ala. Hasta las grandes amapolas rojas cabeceaban, lentas y soñolientas, en la última luz de la tarde.

Pinta bajó volando y se posó en una hoja ancha y fresca, su hoja favorita, cerca de lo alto del jardín, desde donde podía ver las primeras estrellas empezando a asomar. Y allí, por fin, plegó sus alitas rojas, guardándolas con cuidado bajo su caparazón brillante.

«Hora de contar mis puntitos», susurró, como hacía cada noche, porque así es como una mariquita se deja llevar hacia el sueño. «Un puntito… por las rosas. Dos puntitos… por el sol. Tres puntitos… por la hoja verde y calentita.»

Más despacio y más flojito iba contando, mientras el jardín se volvía oscuro y silencioso a su alrededor. «Cuatro puntitos… por las estrellas. Cinco puntitos…»

La hoja se mecía con muchísima suavidad en la brisa tranquila de la noche, como una cunita diminuta. El jardín entero dormía profundamente.

Y antes de poder contar su sexto y último puntito, la pequeña Pinta, acurrucada en su hoja favorita bajo el ancho cielo estrellado, ya se había dejado llevar, dulce y felizmente, hacia el sueño.

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