My Lullaby

Un cuento de la tortuga para dormir para niños

Un cuento tranquilo y pausado para relajarse antes de dormir: una tortuguita descubre que ir despacio es un regalo, y que lleva su camita calentita allá donde va.

My Lullaby escribe un cuento nuevo cada noche, con tu propio hijo o hija como protagonista.

Mota, la tortuguita que llevaba su casa a cuestas

A la orilla de un estanque verde y quieto, donde flotaban los nenúfares y los juncos se mecían despacito, vivía una tortuguita que se llamaba Mota.

Todos los demás animales eran rapidísimos. Las libélulas zumbaban de aquí para allá. Las ranas daban grandes saltos. Los pececillos brillaban como platita entre el agua. Y Mota… Mota iba despacio. Paso. Paso. Paso. Veía a todos pasar corriendo a su lado y, a veces, suspiraba. «Ojalá fuera rápida —decía—. Siempre soy la última en todas partes.»

Pero cuando el sol se fue poniendo y el estanque se tiñó de dorado, luego de rosa y por fin de un azul hondo y oscuro, empezó a pasar algo que solo Mota sabía hacer.

Uno a uno, los animales veloces tuvieron que salir a toda prisa a buscar un rincón seguro donde dormir. La libélula buscó un junco resguardado. La rana buscó una orilla escondida. El pececillo se coló entre las raíces, en busca de un lugar tranquilo. Corrían y se apuraban, porque ninguno de ellos llevaba su casa consigo.

¿Y Mota? Mota simplemente se detuvo, justo donde estaba, sobre el barro blandito junto al agua tibia de la tarde. Metió sus paticas, escondió su cabecita y allí, bien acurrucada dentro de su caparazón suave, tenía la habitación más calentita y segura del mundo entero. La llevaba consigo a todas partes.

«Ay —dijo Mota, calentita y con sueño dentro de su caparazón—. No tengo que correr a ningún sitio. Ya estoy en casa. Siempre estoy en casa.»

Ser lenta, comprendió, significaba que nunca tenía prisa. Ser lenta significaba que podía mirar cómo el cielo entero pasaba del dorado a la noche estrellada. Ser lenta significaba que, cuando llegaba la hora de descansar, ya estaba justo donde tenía que estar.

El estanque quedó callado y quieto a su alrededor. Los juncos dejaron de mecerse. La última ola se alisó despacito y el agua quedó como un espejo bajo la luna que subía.

Y la pequeña Mota, calentita y a salvo en la casita que llevaba a cuestas, no tenía ninguna prisa; ninguna prisa por hacer nada, salvo cerrar los ojos, despacito y feliz, y dejarse llevar suavemente hacia el sueño.

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