My Lullaby

Un cuento del pingüino para dormir para niños

Un cuento cariñoso y calentito para dormir sobre un pingüinito que descubre el corro más acogedor del mundo. Perfecto para una noche fría.

My Lullaby escribe un cuento nuevo cada noche, en vuestro idioma, con tu peque como protagonista.

El pingüino Copo y el corro calentito

En el fondo del mundo, donde la nieve se extendía blanca y ancha y el cielo brillaba de rosa y de oro, vivía un pingüinito llamado Copo.

Esa tarde el viento estaba frío, muy, muy frío. Silbaba sobre el hielo y despeinaba el suave plumón gris de Copo, que dio un tembloroso escalofrío. «Brrr», dijo. «¿Cómo voy a entrar en calor para dormir aquí, en el hielo?»

«Ven aquí, pequeñín», lo llamó su mamá. «Ven a ver cómo los pingüinos nos calentamos.»

Y alrededor de Copo empezó a pasar algo maravilloso. Uno a uno, todos los pingüinos de la colonia se acercaban caminando a saltitos, más y más juntos, hasta formar un corro grandote: una ronda calentita de cuerpecitos blanditos y con plumas, apretados con cuidado, costadito con costadito.

Copo se metió en el mismo centro y… ¡oh! Allí el viento ya no lo alcanzaba. A su alrededor estaban su familia y sus amigos, calentitos, cerquita y suaves. Su mamá lo acurrucó contra su tripita mullida, bajo el cálido pliegue de sus plumas, donde se estaba tan a gustito como bajo una manta.

«Cuando hace frío», dijo su mamá bajito, «nos damos calor unos a otros. Ningún pingüino pasa frío solo. Compartimos nuestro calor, todos juntos, toda la noche.»

Copo miró el corro entero. Los pingüinos grandes se quedaban por fuera, parando el viento. Los pequeñines se acurrucaban en el centro, calentitos y a salvo. Y despacito, con mucho cuidado, todos se movían y se cambiaban de sitio, para que a cada uno le tocara un ratito en el centro acogedor y nadie se quedara nunca fuera, en el frío.

Enseguida Copo estaba tan calentito, tan a gustito y tan rodeado de todos los que quería, que sus ojitos empezaron a cerrarse. El viento seguía silbando allá lejos, más allá del corro; pero aquí, en el mismo corazón de su familia calentita y cariñosa, Copo estaba de lo más a gusto.

«Buenas noches, pequeño Copo», le susurró su mamá, acurrucándolo un poquito más bajo sus plumas suaves y cálidas.

Y el pingüinito, calentito y a salvo en el corazón del corro, cerró los ojos y se durmió despacito, mientras toda la colonia velaba y se daba calor, juntitos, bajo el ancho cielo estrellado del sur.

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