La gatita Michi y el ovillo calentito
En una casa calentita, con ventanas grandes y llenas de sol, vivía una gatita llamada Michi: suave y gris, con las patitas blancas como cuatro calcetines pequeños.
Michi jugaba todo el día. Perseguía un ovillo de lana que rodaba por el suelo. Saltaba sobre los rayos de sol, atrapaba las hojas que caían y trepaba hasta lo más alto del sillón grande y blandito, solo para ver todo lo que se veía desde allí. Era la gatita más movida y más saltarina de toda la casa.
Pero cuando llegaba la tarde, y las ventanas se ponían oscuras, y la casa se volvía suave y silenciosa, algo empezaba a pasar dentro de Michi: algo calentito, lento y con mucho sueño.
Se iba con sus pasitos suaves a su rincón preferido: un cojín junto a la ventana, donde caía un trocito de luz de luna, suave y plateada. Daba una vuelta… dos… y tres, como hacen todos los gatos. Y entonces se hacía un ovillo pequeñito y perfecto: la naricita metida bajo la cola, las patitas dobladas con cuidado, calentita por todas partes.
Y en lo hondo de su pechito empezaba un sonido dulce. Rrr… rrr… rrr… suave, bajito y constante, como un motorcito, como una cancioncita. Era el sonido más acogedor del mundo, y era la nana propia de Michi.
Rrr… rrr… rrr… Con cada respiración, la gatita se ponía más calentita, más pesadita y con más sueño. Su ronroneo la mecía, suave y despacio, como el mar mece a una barca. Los ojitos le pesaban. Las patitas se le quedaban quietas.
Fuera, la luna trepaba muy alto sobre la casa dormida. Dentro, hecha un ovillo en su trocito de luz de luna, calentita, redondita y contenta, Michi ronroneaba bajito para sí misma, cada vez más despacio, más suave y con más sueño, hasta que al final el ronroneo se volvió un susurro.
Y la gatita, acurrucada a gustito en la luz de la luna, cerró los ojos y se durmió dulcemente.