El perrito Chispa aprende a descansar
En una casa acogedora, al final de un camino tranquilo, vivía un perrito llamado Chispa: dorado y peludito, con una colita que no paraba nunca, nunca de moverse.
Chispa quería a su familia más que a nada en el mundo entero. Todo el día los seguía de habitación en habitación. Traía la pelota cien veces. Cuidaba el jardín de los pájaros. Vigilaba la puerta, vigilaba la ventana y mantenía las orejitas bien tiesas ante cualquier ruido, porque Chispa tenía un trabajo muy importante: cuidar de todos los que quería.
Pero cuando llegaba la noche, y era hora de irse a la cama, Chispa no quería dormir. «¿Y si alguien me necesita?», se preocupaba, moviendo las orejas. «¿Y si oigo un ruido? Un perro bueno se queda despierto. ¡Un perro bueno hace guardia!» Y daba vueltas y vueltas junto a la puerta, demasiado preocupado para descansar.
Entonces vino su niño y se sentó a su lado en la camita blandita, y le rascó suavecito detrás de las orejas, justo como a Chispa le gustaba. «Tranquilo, Chispa», dijo el niño bajito. «Esta noche no tienes que cuidarnos. Estamos todos a salvo. Las puertas están cerradas, la casa está calentita y estamos todos juntos aquí. Ahora te toca a ti descansar.»
Chispa miró a su niño. Y vio que era verdad. Toda la familia estaba en casa. La casa estaba calentita, a salvo y en silencio. No había nada de qué protegerse, nada de qué preocuparse, nada que hacer en absoluto, solo acurrucarse cerquita y descansar.
Dio un suspiro grande y feliz, giró una vez y se dejó caer sobre su camita calentita, justo al lado de los pies de su niño. Su colita se quedó quieta. Sus orejas tiesas se ablandaron. Y, por primera vez en todo el día, Chispa sintió que su cuerpecito inquieto se ponía tranquilo, pesadito y con sueño.
«Buenas noches, Chispa», le susurró su niño. «Buen perro. Descansa ya.»
Y el perrito, a salvo y calentito junto a la familia que quería, metió la naricita bajo la patita, cerró los ojos y se durmió muy feliz.