Bruno, el osito, y el final de un día enorme
En lo hondo de un bosque de pinos que susurraban, bajo una colina blandita de musgo, había una madriguera pequeña y calentita. Y en aquella madriguera vivía Bruno, el osito más pequeño de todo el bosque.
¡Menudo día había tenido Bruno! Había seguido el zumbido de las abejas hasta un árbol hueco y había metido con mucho cuidado una patita en la miel dorada y dulce. Había chapoteado en el arroyo frío y brillante hasta que el pelo se le quedó de punta, todo mojadito. Se había dejado rodar por la colina de musgo, una vez, dos veces, tres veces, y había vuelto a subir para empezar otra vez. Había perseguido su propia sombra por el claro soleado hasta que los dos se cansaron.
Ahora el sol se escondía, bajito y naranja, detrás de los árboles, y el bosque se volvía fresco y azul. Pero Bruno no quería parar. «Todavía queda día», refunfuñaba, dando vueltas y vueltas. «Yo aún no he terminado».
Mamá Osa lo miraba desde la puerta de la madriguera, tranquila y calentita. «Ven aquí, chiquitín», le dijo bajito.
Bruno se dejó caer a su lado con un resoplido. Mamá Osa lo rodeó con un brazo grande y suave y señaló hacia el bosque.
«Mira», susurró. «Las abejas ya se han ido a casa. El arroyo se ha quedado callado. Los pájaros han escondido la cabeza bajo el ala. Todos han vivido su día… y ahora toca descansar».
Bruno miró. Y era verdad. El claro donde había jugado estaba quietecito. La colina por la que había rodado se veía oscura y blanda. El día entero, tan movido, se había ido recogiendo, calladito y completo.
«Un día no desaparece cuando te duermes», murmuró Mamá Osa. «Se queda esperando, enterito y a salvo, y por la mañana llega uno nuevo, recién estrenado».
Bruno soltó un bostezo enorme que terminó con un ruidito. Sus patitas inquietas se quedaron quietas. Sus ojos, pesados, se pusieron suaves.
Mamá Osa lo acercó a la madriguera calentita, donde el musgo era hondo y la oscuridad era buena. «Buenas noches, Bruno mío», le dijo. «El día se ha terminado, y lo has vivido todo entero».
Y el osito más pequeño de todo el bosque, acurrucado calentito contra su mamá, dejó que el día enorme se fuera… y se quedó profundamente dormido.