Ulises, el búho, y la oscuridad amiga
En el roble más alto de la orilla del bosque, en un hueco redondo forrado de plumas, vivía un búho pequeño que se llamaba Ulises.
Ulises era un búho, y a los búhos les tiene que encantar la noche. Pero a Ulises no. Cuando el sol se ponía y el bosque se quedaba oscuro y calladito, a Ulises se le hacían cosquillas en la barriga. «Está demasiado callado», susurraba, metiéndose bien al fondo del hueco. «Está demasiado oscuro. No me gusta».
Su abuela, una gran búha gris de ojos redondos y bondadosos, se posó en la rama, a su lado. «Ven, Ulises», le dijo con dulzura. «Deja que te enseñe la oscuridad. En cuanto la conozcas, verás que es una amiga».
Ulises se arrimó al borde del hueco, solo un poquito. La abuela extendió un ala suave hacia la noche.
«Escucha», susurró.
Ulises escuchó. Y el silencio no estaba vacío para nada. Oyó los sonidos pequeños y amables de la noche: la brisa moviéndose despacito entre las hojas, como un suspiro largo y lento. Un arroyito, murmurando allá abajo. Un grillo, cantando su canción tranquila y soñolienta.
«Ahora mira», dijo la abuela.
Ulises miró. Y la oscuridad tampoco estaba vacía. Una mariposa nocturna pasó volando con sus alas pálidas, flotando como un fantasmita. Las luciérnagas se encendían y se apagaban en la hierba, suaves como estrellas lentas. Y muy alto, por encima del roble, la luna redonda derramaba su luz como leche de plata, y todo el bosque brillaba con suavidad en la oscuridad.
«Oh», susurró Ulises. «No da miedo. Es… suave».
«La oscuridad es solo el día, descansando», dijo la abuela. «Guarda a los pájaros dormidos, a los árboles callados y a ti, a salvo en tu hueco. Lleva arropando a los búhos pequeños desde mucho antes de que hubiera estrellas».
Ulises soltó un pequeño y valiente «uh, uh» hacia la noche, y la noche le respondió bajito entre las hojas. Ya no sentía cosquillas en la barriga. Se sentía arropado.
Se acurrucó otra vez entre las plumas calentitas, junto a su abuela, y sus ojos redondos se fueron poniendo pesados por fin.
«Buenas noches, oscuridad amiga», susurró Ulises.
Y mecido por los sonidos suaves de la noche tranquila, el búho pequeño cerró los ojos y se durmió, al fin, despacito.