La sirenita Perla y el mar que brilla
En lo hondo del mar azul y tibio, en una calita acogedora de coral rosa y morado, vivía una sirenita llamada Perla, con una cola brillante y una melena larga que flotaba suavecita en el agua.
Perla nadó y jugó todo el día. Echaba carreras con los peces plateados entre las algas que se mecían. Recogía conchas bonitas y piedrecitas redondas y lisas. Daba volteretas en el agua chispeante y saludaba a las tortugas marinas, tan amables, que pasaban planeando despacito. Fue un día luminoso y muy movido allá bajo las olas.
Pero cuando el día se fue acabando, el mar empezó a cambiar. Allá arriba, el sol se escondió, y el agua pasó de azul brillante a un índigo hondo y de ensueño. Y entonces —¡ay, qué bonito!— el mar empezó a brillar.
Alrededor de Perla, unas lucecitas se encendieron con suavidad. Las medusitas relucían como farolillos flotantes. El coral resplandecía con una luz suave y dulce. Hasta las motitas del agua brillaban, salpicando el mar de mil estrellitas. El océano entero brillaba, suave y de un azul plateado, como una noche llena de luz de luna bajo el agua.
«Es la hora de dormir en el mar», susurró Perla, muy contenta. Nadó hacia abajo, hasta su cama de coral acogedora, forrada con el musgo de mar más suave y con las algas más aterciopeladas, y se acurrucó, enroscando su cola brillante a su alrededor.
Allá arriba, a través del agua, alcanzaba a ver la luna redonda que brillaba desde el mundo de fuera, con su luz plateada bajando hasta el fondo del mar, suave, pálida y amable. Y a su alrededor, el mar dulce la mecía, de un lado a otro, con el vaivén lento y soñoliento de la marea. Adentro… y afuera. Adentro… y afuera.
Las medusas que brillaban pasaban flotando como lamparitas con sueño. Las algas se mecían lentas y de ensueño. Y el mar entero, tibio, tarareaba una nana bajita y dulce alrededor de su cama de coral acogedora.
Y la sirenita, mecida por la marea dormida en el suave brillo del mar, cerró los ojos y se durmió despacito, feliz.