La ovejita Copito y la canción de contar
En un prado verde, bajo un cielo ancho de atardecer, vivía una ovejita que se llamaba Copito… y Copito tenía el trabajo más importante de todos. Cada noche, cuando los niños de todo el mundo se tumbaban a dormir, eran Copito y su rebaño quienes saltaban, una a una, por encima de una pequeña valla de madera, para que los niños pudieran contarlas y dejarse llevar hasta los sueños.
Una… dos… tres… Por encima de la valla saltaban las ovejitas, blanditas y despacio y lanuditas, mientras los niños con sueño las contaban y sentían que se les cerraban los ojos. Cuatro… cinco… seis… Funcionaba siempre. No había nada tan acogedor, tan calmadito, tan perfectamente dormilón, como contar a las ovejitas saltando despacito por encima de la valla.
A Copito le encantaba su trabajo. Le encantaba ser blandita y tranquila. Le encantaba ayudar a los niños a quedarse dormidos.
Pero una noche, cuando por fin todos los niños del mundo estaban durmiendo y el trabajo del rebaño ya estaba hecho, Copito se dio cuenta de que seguía completamente despierta.
«Ya está todo el mundo dormido», le dijo a la vieja oveja gris. «Hasta los niños. Pero yo no tengo ni pizca de sueño. ¿Quién cuenta a las ovejas para que se duerman?»
La vieja oveja gris sonrió con una sonrisa suave y lanudita. «Pues nos contamos las unas a las otras, pequeñina. Ven. Túmbate en la hierba dulce y yo haré por ti lo que tú haces por todos esos niños.»
Así que Copito se tumbó en la hierba fresca y dulce. Y la vieja oveja gris empezó a contar, con una voz lenta y suave, mientras una a una las estrellas saltaban despacito por encima de la colina oscura sobre ellas.
Una estrellita… por encima de la colina. Dos estrellitas… por encima de la colina. Tres…
Copito miraba a las estrellas saltar despacito, lentas y calladitas, igual que ella saltaba siempre para los niños. Sus paticas lanudas se quedaron quietas. Su respiración se volvió lenta. Sus ojitos pesados empezaron a cerrarse.
Cuatro estrellitas… cinco…
Y, antes de que la vieja oveja pudiera siquiera contar hasta seis, la pequeña Copito, blandita y calentita en la dulce hierba verde, ya estaba dormida, requetedormida.