La noche en que la lluvia durmió a todo el mundo
La noche caía sobre el prado y, en una madriguera calentita y acogedora entre las raíces de un árbol viejo, una conejita llamada Lila estaba arropada en su camita. Pero no podía dormir. Fuera había empezado a llover —tic, tac, tic, tac— sobre las hojas y sobre la tierra, y a ella no le gustaba ni pizca.
«No me gusta la lluvia», dijo, subiéndose la manta hasta la naricita. «Es ruidosa. Es oscura. No para de golpear y golpear.»
Su abuela, acurrucadita y calentita a su lado, escuchó un momento aquel sonido. «Ah», dijo con dulzura. «¿Pero sabes lo que está haciendo la lluvia, pequeñina? La lluvia está cantando. Está durmiendo a todo el mundo con su canción.»
«¿Cantando?», preguntó la conejita Lila.
«Escucha», dijo la abuela. «Escucha de verdad.»
Así que la conejita se quedó muy quietecita y escuchó. Y, poco a poco, el tic y el tac ya no sonaban ruidosos ni daban miedo. Sonaban suaves. Sonaban dulces. Sonaban como la canción más tierna y más calladita del mundo.
Tic, tac sobre las hojas: era la lluvia cantándoles a los árboles, y los árboles se estaban quedando dormidos. Tic, tac sobre el estanque: era la lluvia cantándoles a los peces, y los peces se dejaban ir hacia el descanso. Tic, tac sobre el techo de la madriguera —suave, calentito y cerquita—: era la lluvia cantándole a ella.
«Les está cantando a todos», susurró la conejita Lila. «Están arropando al mundo entero.»
«A cada hoja y a cada campo», dijo la abuela. «A cada pajarito en su nido y a cada conejo en su madriguera. La lluvia canta, y el mundo entero se va quedando dormido a la vez.»
La conejita Lila se acurrucó bien hondo en su manta calentita y seca, a salvo y a gustito, mientras la canción suave caía por todas partes ahí fuera. Tic… tac… más despacito ahora, y más suave, como una nana que va bajando el volumen.
Y, mecida por el sonido de la lluvia durmiendo al mundo entero, la conejita Lila cerró los ojos y se durmió.