El conejito soñoliento
El conejito había saltado y jugado todo el día.
Ahora el sol se ponía, y el prado se volvía suave y gris.
El conejito volvió a casa dando saltos — salta, salta, salta — junto a las margaritas soñolientas que habían cerrado sus pétalos para la noche.
En la cálida madriguera esperaba Mamá Coneja. "Hora de descansar, pequeñín," dijo.
El conejito se acurrucó en la cama blanda y acogedora. Dos largas orejas se aflojaron. Dos ojitos se pusieron pesados.
Inspira. Espira.
Y el conejito se deslizó hacia el sueño, soñando con más saltos mañana.