El bueno del Ratoncito Pérez
En una casita acogedora, un niño estaba acostado en su cama, sujetando algo muy pequeñito y muy valioso: un diente diminuto que se había movido y movido durante toda la semana y que, por fin, esa misma tarde, se le había caído.
«¿Y ahora qué pasa?», se preguntaba el niño, colocando con mucho cuidado el dientecito debajo de la almohada. Se sentía raro haber perdido un diente; hasta daba un poquito de reparo, allí en la oscuridad.
Pero el niño no sabía que, muy lejos de allí, en una casita hecha de luz de luna, un ratoncito muy especial ya se estaba atando sus zapatitos de plata. Porque este era su trabajo más importante, y el más dulce del mundo entero.
Cuando la casa quedó en silencio y el niño se durmió profundamente, el Ratoncito Pérez llegó trepando, ligero como un susurro. Era muy pequeñito y muy bueno, con un farolito que brillaba como una luciérnaga y una sonrisa tan cálida como la de una velita.
Cruzó la almohada de puntillas, callado como un rayo de luna. «Qué diente más bonito —susurró—. Lo has cuidado muy bien. Muy bien hecho, pequeño.»
Con mucho, muchísimo cuidado, guardó el dientecito en su bolsita de terciopelo, porque el Ratoncito Pérez guarda cada diente de leche a buen recaudo, bien pulido y brillante, y lo convierte en una estrellita que titila en el cielo. Y en su lugar, con delicadeza, dejó un regalito y un puñado de buenos sueños.
«No hay nada de qué preocuparse —le susurró al niño dormido—. Perder un diente solo quiere decir que estás creciendo: creciendo grande, fuerte y maravilloso. Ya viene de camino un diente nuevecito.»
Y con un revoloteo de sus bigotes, se marchó, de vuelta a la noche estrellada, a visitar al siguiente niño dormido.
Así que si a ti se te mueve un diente, no te preocupes ni un poquito. Solo tienes que ponerlo debajo de la almohada, cerrar los ojos y dormir. El bueno del Ratoncito Pérez se encargará con cariño de todo lo demás.