Pincho, el erizo que se hacía una bolita perfecta
Bajo un gran montón de hojas de otoño que crujían, en un rinconcito de un jardín soñoliento, vivía un erizo pequeñito que se llamaba Pincho.
Pincho era chiquitín. Más pequeño que los conejos, más pequeño que el gato de al lado, más pequeño incluso que el sapo gordinflón de la charca. Y estaba lleno de púas por todas partes, así que cuando los demás animalitos se acurrucaban blanditos y juntitos, Pincho temía no encajar del todo en ninguna parte.
«Soy demasiado pequeño», suspiró, mientras el jardín se iba quedando a oscuras. «Y demasiado pinchudo. Los conejos tienen su pelo suave, los pájaros tienen sus plumas calentitas. ¿Para qué sirven todas mis púas?»
La abuela Eriza se acercó despacito entre las hojas y se sentó a su lado. «Deja que te cuente un secreto sobre esas púas», le dijo con mucho cariño.
«Cuando sopla el viento frío, tus púas sujetan una manta entera de hojas calentitas. Y cuando el mundo se hace demasiado grande, tus púas te dejan hacerte una bolita perfecta… bien recogido y a salvo, con todo lo que necesitas ahí mismo, a tu alrededor. Mira.»
Pincho escondió el hociquito y las patitas, y se hizo una bola, una bola, una bolita, hasta quedar redondito y calentito, calentito por dentro, con las hojas que crujían bien pegaditas a cada púa.
«Oh», dijo, desde dentro de su acogedor rinconcito. «Aquí dentro se está calentito. Y a salvo.»
«No eres demasiado pequeño», dijo la abuela Eriza. «Eres exactamente del tamaño justo para ser tú. Y nadie en todo el jardín se acurruca tan a gustito como un erizo.»
Una sensación tibia y tranquila envolvió a Pincho; esta vez no eran las hojas, sino la certeza suave y feliz de que estaba bien así, tal y como era.
A su alrededor, el jardín respiraba lento y bajito. La charca estaba quietecita. Las estrellas fueron saliendo, una a una, por encima del montón de hojas.
Y Pincho, hecho una bolita perfecta, del tamaño justo, se fue quedando dormido, feliz y tranquilito.