La Luna que velaba por todos
En lo alto, muy por encima del mundo dormido, en un cielo salpicado de estrellas, la Luna redonda y plateada empezó su tarea de cada noche.
Cada noche, cuando el sol se marchaba y la oscuridad bajaba despacito, la Luna se asomaba para hacer lo que más le gustaba en el mundo: velar por cada pequeñín mientras se quedaba dormido.
En un nido, en lo más alto de un árbol muy alto, un pajarito pió, solo una vez, hacia la oscuridad. «Chsss», brilló la Luna, derramando su luz plateada y suave. «Aquí estoy. Duerme ya.» Y el pajarito escondió la cabecita bajo el ala y se durmió.
En una madriguera, bajo la colina, un conejito se removió. «Estoy velando por ti», brilló la Luna con dulzura entre la hierba. «Puedes descansar.» Y al conejito se le quedó quietecita la naricita, y se durmió.
Por toda la tierra callada, la Luna miraba hacia abajo: por encima de los bosques y los campos, por encima de los tejados y los ríos, por encima de cada cuna y de cada camita calentita. Y a cada pequeñín dormido le hacía la misma promesa suave y plateada: «Estás a salvo. Aquí estoy. Velaré por ti toda la noche.»
Y en algún lugar, un niño pequeño estaba despierto, preguntándose quién más estaría despierto en la oscuridad.
La Luna se acercó y llenó la ventana con su resplandor tierno. «Yo lo estoy», susurró, cálida y luminosa. «Nunca cierro los ojos por la noche. Me quedo despierta para que todos podáis descansar. Ya no hay nada que hacer, solo dormir… yo estaré aquí mismo hasta la mañana.»
El niño sonrió despacito, con sueñito, y sintió que la noche entera se volvía suave y segura.
Y bajo la Luna atenta y cariñosa, todos los pequeñines del mundo, los pájaros y los conejos y los niños, respiraron despacio, respiraron hondo, y se fueron quedando dormidos, a salvo bajo su luz plateada.