Lucía la luciérnaga y la luna
En un prado lleno de hierba suave y flores que brillaban con el rocío, vivía una pequeña luciérnaga llamada Lucía.
Durante todo el atardecer, Lucía tenía muchísimo que hacer. Volaba de flor en flor encendiendo su lucecita. Jugaba a perseguir a las otras luciérnagas entre la hierba alta. Dibujaba pequeños caminos de luz en el aire, solo por gusto, y saludaba a los grillos que afinaban su canción.
Pero cuando la noche se volvía profunda y todos empezaban a descansar, Lucía seguía encendida y nerviosa. Su lucecita parpadeaba muy deprisa, y ella no sabía cómo calmarse.
Esa noche, la luna se asomó por encima de los árboles — grande, redonda y amable.
"Mira, pequeña," dijo en voz baja, "cómo se duerme el prado. Te enseñaré."
Lucía se posó sobre una hoja blandita y miró hacia arriba. La luna respiró despacio, y el cielo se cubrió poco a poco de estrellas que brillaban tranquilas y soñolientas.
"Ahora tú," susurró la luna. "Toma aire muy despacio."
Lucía tomó aire — despacio y hondo, como si oliera las flores de la noche. Después lo soltó aún más despacio. Y su lucecita, tan rápida, se volvió suave y cálida.
"Otra vez," dijo la luna con dulzura.
Lucía siguió respirando, tranquila y serena. Con cada respiración, el día se alejaba y sus alitas se volvían más pesadas. Su luz pasó de un parpadeo veloz a un resplandor cálido y lento.
Se dormían las flores. Se dormía la hierba. Se dormía el rocío sobre las hojas.
"Buenas noches, Lucía," susurró la luna, derramando su luz plateada sobre todo el prado.
Y la pequeña luciérnaga, brillando despacio y suave, cerró los ojos y se durmió dulcemente entre las flores.